martes, 30 de septiembre de 2014

La educación en el siglo XXI: ¿humanista o utilitarista?

En estos momentos en los que vivimos en un mundo globalizado, y por tanto interdependiente, en el que la información, el conocimiento y los grandes avances científicos están a nuestro alcance, por cierto como nunca lo estuvieron antes, parece oportuno hacer alguna reflexión en torno a lo que debería ser la educación de los ciudadanos para el siglo XXI en cualquier lugar del planeta, con calidad y equidad para todos.
Quizá convenga señalar, igualmente, que en el contexto internacional hubo un antes y un después de PISA (por sus siglas en inglés: Programme for International Student Assessment). La razón de esta afirmación es que antes de celebrarse estas pruebas que iniciaron su andadura con el presente siglo, cuando se visitaba un país o se hablaba sobre los diferentes sistemas educativos, tanto los dirigentes políticos como los propios docentes, decían tener un magnífico sistema educativo y solían presumir de sus logros y avances en la materia. En tal situación era difícil rebatir tales argumentos puesto que, aunque ya había referentes internacionales en la materia, sin embargo ninguno de ellos tuvo el impacto en la sociedad, en los medios de comunicación y en la esfera política internacional y educativa global como lo tiene PISA desde su aparición en escena.
Pero, además, hay algo más que es necesario añadir, y es la visión crítica que debemos tener presente al hablar de educación, si se quiere de un modo más concreto, lo que deberían tener presente los reformadores de los sistemas educativos, sería lo que nos dice Martha Nussbaum (Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2012),  “Estamos en medio de una crisis de proporciones gigantescas y de enorme gravedad a nivel mundial. No, no me refiero a la crisis económica global que comenzó a principios del año 2008… No, en realidad me refiero a una crisis que pasa prácticamente inadvertida, como un cáncer. Me refiero a una crisis que, con el tiempo, puede llegar a ser mucho más perjudicial para el futuro de la democracia: la crisis mundial en materia de educación”. En su obra Sin fines de lucro, ¿por qué la democracia necesita de las humanidades?, la autora dirige su crítica a la necesidad de mantener las disciplinas de humanidades en los planes de estudio que, considerados por muchos no útiles a los fines productivos de los estados en la actualidad, están desapareciendo o quedando relegados de los sistemas educativos y, como consecuencia, sigue diciendo esta autora que “Si esta tendencia se prolonga, las naciones de todo el mundo en breve producirán generaciones enteras de máquinas utilitarias, en lugar de ciudadanos cabales con la capacidad de pensar por sí mismos, poseer una mirada crítica sobre las tradiciones y comprender la importancia de los logros y los sufrimientos ajenos.” Aunque para que no haya duda de la claridad de su crítica, más adelante matiza diciendo que “La idea de rentabilidad convence a numerosos dirigentes de que la ciencia y la tecnología son fundamentales para la salud de sus naciones en el futuro. Si bien no hay nada que objetarle a la buena calidad educativa en materia de ciencia y tecnología, me preocupa que otras capacidades igualmente fundamentales corren el riesgo de perderse en el trajín de la competitividad…” Es decir, no parece necesario prescindir de esos avances, pero si queremos sociedades más democráticas, plurales y justas, necesitamos un currículum equilibrado en sus contenidos y no únicamente dominados por el utilitarismo y dirigidos a la formación de productivos robot deshumanizados. Pues necesitamos ciudadanos capaces de diseñar planes de vida autónomos,  libres, críticos, pacíficos, solidarios y respetuosos de los derechos humanos.