viernes, 26 de septiembre de 2014

Evaluar por estándares o la estandarización de la educación.


“Los educadores viven una presión casi implacable para demostrar su eficacia. Desafortunadamente, el principal indicador con el cual la mayoría de las comunidades evalúa el éxito del cuerpo docente de una escuela es el desempeño de los estudiantes en pruebas estandarizadas.[1]

La  evaluación ha recorrido un largo camino desde aquella primera idea de valorar lo que cada alumno era capaz de demostrar que había aprendido y que podía ser observado por otros, con frecuencia, por medio de escalas de distinto tipo o pruebas de lápiz y papel, hasta la idea de una evaluación general de los sistemas educativos que hoy domina a nivel global, y que busca conocer la eficiencia de las instituciones escolares, los sistemas educativos o los curricula escolares como medio para sentar las bases del progreso y el desarrollo de los países en la sociedad del conocimiento. También, es bien conocido que, ese dilatado camino, estuvo lleno de teorías, visiones e interpretaciones diversas acerca de lo que es “evaluación”.

La evaluación estandarizada individualizada se inicia en los primeros años del siglo pasado cuando Alfred Binet publicó el primer test de inteligencia, creado para identificar a los alumnos que tenían dificultades de aprendizaje,  posteriormente en 1967 Michel Scriven hace una gran aportación con la distinción entre “evaluación sumativa,” lo que un alumno o un sistema es capaz de producir al final de una aplicación o desarrollo de un programa determinado, y  evaluación formativa,” centrada en recoger información, analizarla y valorarla para tomar las oportunas decisiones a lo largo de un proceso, con el fin de introducir las mejoras necesarias. Podríamos decir pues que la evaluación, a lo largo de ese tiempo, se ha convertido en una herramienta cada vez más imprescindible para alcanzar la mejora y la calidad de la educación.

También es importante señalar que, en la última década del siglo pasado, se produjo un amplio debate sobre la educación del siglo XXI y, en consecuencia, la incorporación a los sistemas educativos de nuevos planteamientos tales como las competencias y la evaluación por estándares, como referente y medio de alcanzar la equiparación y comparabilidad de los sistemas educativos. Estamos pues ante un contexto de profundas transformaciones producidas como efecto de la globalización, sin olvidar, los importantes avances habidos en los diferentes ámbitos del saber, especialmente en las neurociencias y las tecnologías de la información y la comunicación. Todo lo cual genera una honda preocupación ante un futuro incierto y cambiante que nos exige un esfuerzo notable para dar la respuesta educativa que la sociedad del siglo XXI nos exige y necesita para un mundo interdependiente.


Como respuesta a esas preocupaciones creció la necesidad de profundizar en el conocimiento, tanto de la idoneidad y adecuación de los curricula escolares, como de los mecanismos que permitan valorar del modo más objetivo posible los resultados académicos de los sistemas educativos. Para ello, se desarrolló un movimiento a nivel internacional de evaluación por estándares, como respuesta a la necesidad de  superar las valoraciones e interpretaciones particulares  de los resultados escolares y para el establecimiento de escalas y modelos valorativos que permitieran hacer comparaciones de los resultados escolares obtenidos a todos los niveles: regional, nacional e internacional.