viernes, 20 de junio de 2014

Picar piedras o construir catedrales.


“Dos caminantes divisaron a lo lejos unos grupos de personas y decidieron acercarse para ver que estaban haciendo. Cuando llegaron a donde estaba el primer grupo se dirigieron a ellos y les preguntaron: ¿qué hacen ustedes? ¡no lo ven!, respondieron los trabajadores: picando piedras. Un poco más adelante se encontraba el segundo grupo y preguntados por los viandantes de la misma forma, ellos respondieron: ¡no lo ven!, nosotros estamos haciendo un arco. Por fin se acercaron hasta el tercero de los grupos de trabajadores y les hicieron la misma pregunta, a la cual éstos respondieron: ¡no se dan ustedes cuenta!, nosotros estamos construyendo una catedral”.
Esto es lo que recuerdo de la narración que hizo el presidente del Ateneo de Valencia, si no recuerdo mal, en el inicio de la andadura de la nueva era del Ateneo de Cáceres, en un bonito acto celebrado ya hace unos cuantos años en el aula de cultura de Caja Extremadura en Cáceres.
Seguro que este cuento, como cualquier otro, tiene tantas versiones e interpretaciones  como personas lo cuenten e intenten explicar su significado, pero, es posible, que muchos podamos coincidir, al menos, en algunas cuestiones que parecen de sentido común.
La construcción de catedrales, obras majestuosas y admirables por su juego de espacios y volúmenes, sus elementos decorativos, símbolo de un poder, de un profundo sentido de solemnidad, de expresión espiritual y material de la religión, etc., son el resultado de diseñar, combinar y organizar una multiplicidad de pequeños objetos que debidamente articulados nos dan la impresión de ser un todo acabado, en el que las partes que lo forman se integran en la inmensidad del conjunto, permitiendo que aquello que aisladamente tiene un valor muy limitado, integrado y añadido a otros muchos, llega a adquirir un sentido que con mucho sobrepasa la simple suma del valor de las partes.

Cada piedra de la catedral, cada elemento decorativo, son el fruto del esfuerzo de una acción que, según la perspectiva de quién la hace, puedo generar satisfacción o simplemente rutina y duro trabajo ignorando el verdadero sentido que adquirirá una vez colocada en el lugar y el espacio que le asignó quien concibió la obra.