miércoles, 5 de noviembre de 2014

AUTONOMÍA DE LA FUNCIÓN DOCENTE.


En un mundo en el que se duplica la información cada dos años, en el que la investigación en educación nos aporta tantas fórmulas y tanto conocimiento en todos y cada uno de los aspectos que la conforman, para mejorar nuestra tarea como docentes, parece que algo no funciona bien, pues de lo contrario, no se podría entender que, a pesar de todo lo dicho, la escuela siga teniendo graves problemas para alcanzar su objetivo de lograr una educación de calidad y equidad para todos.

Quizá es posible que estemos en esa situación en la que sea necesario recordar las palabras de Aristóteles cuando decía, en Ética a Nicomaco, que “La distancia entre la teoría y la práctica, entre el deber ser y el ser, entre la prédica y la acción es, tal vez, el problema básico de la ética (y de la educación diríamos nosotros). ¿De qué sirven los discursos, los argumentos, las fundamentaciones, las teorías, si seguimos actuando mal? Hablamos de virtud cuando lo que debería preocuparnos es ser virtuosos”

Este pensamiento, podría pues, explicar la causa de la situación actual, puesto que si disponemos de tanto conocimiento,  tanto en educación como en otros campos del saber, por qué seguimos sin mejorar en la misma medida los resultados de nuestras instituciones educativas. Esta pregunta quizá sea demasiado simple o ambiciosa, no lo sé, en todo caso que cada uno responda por sí mismo.

La idea del porqué no mejoramos la sociedad desde la escuela se ha acrecentado en mi, en estos últimos meses, que he podido observar de modo mucho más claro este asunto, como consecuencia de tener la oportunidad de vivir y conocer un poquito más un país como Colombia. País que tiene un sistema educativo bien diferente al nuestro, con una sociedad dominada por la inequidad y la injusticia social hasta límites insospechados, por ejemplo que en ella se produzcan muertes por simple inanición, un país que cuenta con una idiosincrasia propia, con una gran riqueza natural y cultural, más de 60 lenguas indígenas, una población mezcla de tres grandes grupos humanos: europeos, indígenas y afrodescendientes. Un país en el que se inscriben cada día tres nuevas religiones (negocios), que se cometen 600 robos al día (2013) o se mata por un simple celular, etc. A la vez que hay una población, inmensamente mayoritaria, generosa que lucha y trabaja por un país mejor.


Este contexto me ha ayudado a reflexionar, aún más, sobre los valores y prácticas educativas que existen tanto aquí como en Europa. Pero sobre todo me hace preguntarme sobre lo que considero que debe ser la función del docente, más allá de respetar los acuerdos de la comunidad educativa y las normas básicas que exige cada contexto. En ese sentido, creo que los docentes tenemos una amplia autonomía que no siempre ejercemos justificando nuestro actuar por condicionantes externos que no siempre son la verdadera razón del porqué de nuestra forma de trabajar. Pues tal como nos dice Aristóteles hablamos demasiado de la virtud, cuando lo verdadera importante es ser virtuosos. Cada docente, con independencia del lugar donde ejerza su profesión, tiene en sus manos todo un mundo de posibilidades para trabajar con sus alumnos y alumnas, ofreciéndoles una educación que transcienda las paredes que delimitan el aula, para no tomar el libro de texto como una doctrina sino como un punto más de referencia o partida, para abrirles ventanas al mundo que permitan que circule aire fresco en el ambiente academicista, para desarrollar en ellos un sentido crítico de la vida, para sembrar en sus corazones la semilla de la indignación y el inconformismo, etc. Y todo ello aunque sea contracorriente, pues  la sociedad y los medios de comunicación, incluso a veces las familias, suelen remar en sentido contrario. Pero ello no debe ser obstáculo suficiente para darnos por vencidos ni resignarnos.  Ya que en ese mismo instante nos habremos puesto al servicio de los que desean que vivamos de rodilla ante sus intereses particulares, aunque no seamos consciente de ello.


Pues considero que, los docentes, tenemos siempre capacidad de orientar nuestras acciones hacia aquello que contribuya a la formación de ciudadanos comprometidos, solidarios, pacíficos y justos, es decir, podemos contribuir notablemente con lo que debe ser verdaderamente importante en educación.

Por otro lado, mantener un modelo educativo como el que actualmente  predomina todavía en buena parte del mundo, basado en la transmisión de conocimientos y en la competencia, a través de las evaluaciones internacionales, sin que contribuya a dar sentido a una vida más humana y para construir una sociedad más justa, pacífica y sostenible, resulta inadmisible en nuestros días. Pues cada vez se dice con más claridad y más fuerza que la existencia de países pobres, personas viviendo en la miseria y sociedades carentes de los derechos más esenciales y básicos para vivir dignamente, tales como la sanidad y la educación,  serán un obstáculo insalvable para alcanzar niveles de mayor bienestar y desarrollo del resto de los países más ricos.


Porque, en definitiva, si los sistemas educativos no cumplen con la función esencial de formar en el ámbito personal, el laboral y el social a los ciudadanos, deberíamos replantearnos nuestra tarea diaria como docentes y, en su conjunto, la función de las instituciones educativas; ya que de lo contrario quizá estemos caminando en la dirección equivocada, porque no percibimos claro el norte que debe guiarnos como docentes.