viernes, 17 de abril de 2015

Proyectos, planes y realidades educativas.


Las instituciones educativas siempre han estado organizadas y planificadas, en lo general, por unos preceptos establecidos en los marcos normativos y, en lo particular, por unos planes institucionales derivados de aquellos, Proyectos Educativos de Centro (PEC), o Proyectos Educativos Institucionales (PEI), Proyectos, propuestas o diseños curriculares, modelos pedagógicos, etc.  así denominados en otras latitudes. Siempre insertos y condicionados por el contexto social y cultural en los que cada institución desarrolla su actividad.

Las normas son,  a su vez, producto de las decisiones que se toman en el ámbito político y, por tanto, condicionadas por un fuerte componente ideológico y económico que les infunden los gobernantes de turno. Aunque existen países donde se tienen y respetan leyes educativas de larga duración, que sirven para gobiernos de diferentes colores, pues consideran la educación un derecho y un servicio público de calidad, gratuito y universal, que sólo se reforma por acuerdos generales, con lo que se garantiza su continuidad hasta que demuestran que ya no  producen los resultados que de ellas se esperan.

Pero volviendo la mirada a las instituciones educativas y los proyectos que deberían guiar el desarrollo de sus actividades y su funcionamiento, nos atrevemos a decir que existe un largo trecho entre lo planificado, los proyectos, y lo que realmente sucede en las aulas. En este sentido, sería realmente interesante conocer las verdaderas dimensiones de esta brecha, pues con ello podríamos averiguar si existe diferencia entre lo propuesto y lo realizado; y lo que es más importante, podríamos conocer la coherencia entre lo que decimos que pretendemos hacer y lo que realmente hacemos y logramos con nuestra práctica docente. Quizás, tampoco estaría de más, saber qué conocimiento tienen los docentes de esos proyectos y como contextualizan en sus programaciones y actuaciones dentro del aula los principios y objetivos que se recogen en los proyectos institucionales. Claro que, todo ello, puede tener mucho que ver con los niveles reales de vida democrática y participación de los miembros de la comunidad educativa en la elaboración de los planes y proyectos institucionales. Pues la burocratización administrativa y participativa a veces se queda en que existan y figuren representantes de los distintos sectores en los respectivos órganos de participación y decisión, pero sin su intervención real en la toma de decisiones. Incluso, en muchos casos, parece no importar demasiado que así suceda, siempre que el “papeleo” sirva como escudo ante las exigencias de las administraciones públicas.

Como ejemplo de distancia entre propuestas y realidades, podríamos citar el modelo curricular de TIMSS (Estudio Internacional de Tendencias en Matemáticas y Ciencias) que tiene tres aspectos: Currículo Pretendido (Contexto nacional, social y educacional), Currículo Aplicado  (Contexto del centro, del profesor y del aula) Currículo Obtenido (Características y resultados de los alumnos).

Por todo ello consideramos que uno de los grandes problemas que existe, entre otros, en la calidad de la práctica docente es la falta de coherencia entre lo planificado, lo aplicado y lo realmente logrado por los estudiantes.

Así pues, nos deberíamos preguntar, si seríamos más eficaces y eficientes en la obtención de buenos resultados de nuestro alumnado, si se lograra mejorar la calidad de la acción docente, entre otros aspectos, poniendo en práctica una verdadera coherencia y coordinación horizontal y vertical en todos los ámbitos institucionales, garantizando así la continuidad entre lo que se planifica y lo que se realiza y obtiene en las aulas, para que lo logrado sea realmente fruto de un proceso de transparencia y participación democráticas en la aplicación de los acuerdos de la comunidad educativa.

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