viernes, 8 de mayo de 2026

La escuela que soñamos se construye juntos.

El pasado 6 de mayo de 2026 vivimos en Sevilla una de esas jornadas que nos recuerdan por qué merece la pena seguir pensando, cuidando y transformando la educación. El 6.º Encuentro de Centros Innovadores, celebrado en el Salón de Actos de la Universidad CEU Fernando III, fue mucho más que un programa de ponencias, comunicaciones, talleres y experiencias: fue un espacio de encuentro, de escucha y de esperanza compartida. La jornada formó parte de la red DIM-EDU para la innovación y la mejora educativa, con una amplia participación presencial y en línea, y con temáticas que iban desde la inteligencia artificial, las TIC, la robótica y la inclusión, hasta las emociones, los valores, la salud, los ODS y el aprendizaje-servicio.

Por eso quiero comenzar dando las gracias. Gracias al CEU, y de manera muy especial a la Universidad CEU Fernando III, por acogernos con tanta generosidad. Gracias por abrir sus puertas a quienes seguimos creyendo que la escuela puede y debe ser un lugar donde se ensaye cada día una vida mejor.

Y gracias, muy especialmente, a Pere Marqués, porque su magnífica coordinación hace posible estos encuentros que no solo reúnen personas, sino que conectan ideas, despiertan preguntas y siembran caminos. En tiempos en los que muchas veces vamos deprisa, con exceso de tareas y escasez de pausa, crear espacios para compartir buenas prácticas educativas es casi un acto de resistencia pedagógica.

El encuentro fue un día lleno de ilusión, experiencias compartidas, buenas prácticas y excelentes exposiciones. Cada intervención nos recordó que hay docentes, equipos directivos, centros e instituciones que no se resignan. Personas que miran la escuela no como un edificio que reproduce rutinas, sino como una comunidad viva que busca nuevas respuestas para nuevos desafíos.

Pero también fue, al menos para mí, una oportunidad para volver sobre una idea que considero esencial: la innovación educativa no puede quedar reducida a una suma de buenas prácticas aisladas. Una experiencia brillante puede emocionar, inspirar y mostrar caminos posibles. Pero si la institución educativa no reúne las condiciones para creer y querer, para saber y poder crear el espacio adecuado, buena parte de esa excelencia puede perderse en el camino.

Porque la buena práctica necesita suelo. Necesita cultura institucional. Necesita tiempo, acompañamiento, liderazgo, confianza, formación, evaluación, sentido y comunidad. Necesita una escuela que no solo admire la innovación, sino que la haga posible.

En mi libro “De la escuela que venimos a la que soñamos. El crisol de las emociones de un aprendiz de maestro”, planteo diez claves para avanzar hacia esa escuela que soñamos y necesitamos. Una escuela que entiendo como “el lugar en el que cada niño y cada niña logra diseñar y desarrollar proyectos de vida dignos de ser vividos”.

Pero esas diez claves no pueden entenderse como piezas sueltas. No son compartimentos cerrados ni recetas independientes. Su verdadero potencial aparece cuando se integran, cuando dialogan entre sí, cuando se retroalimentan y permiten construir una visión global de la mejora escolar.

Una escuela para el cuidado y el bienestar no puede separarse de la formación docente colaborativa. Una organización que aprende desde dentro necesita liderazgo pedagógico distribuido. Un currículo con esperanza requiere una evaluación formativa y auténtica. La tecnología y la inteligencia artificial solo tienen sentido educativo cuando están al servicio del bien común. La innovación sostenible necesita ciclos de aprendizaje experiencial. Y todo ello exige acompañamiento, comunidad, justicia social, dignidad humana y ciudadanía democrática. La entrada del libro recoge precisamente ese itinerario: desde la escuela que tenemos y sus tensiones actuales, hacia una propuesta organizada en diez claves para pensar la escuela soñada y necesaria.

Por eso, cuando escuchamos experiencias educativas valiosas, no deberíamos preguntarnos solo: “¿Qué actividad han hecho?” o “¿Qué herramienta han utilizado?”. La pregunta más profunda es otra: ¿qué tipo de escuela permite que esa práctica nazca, crezca, se sostenga y transforme la vida de quienes aprenden?

Ahí está, quizá, uno de los grandes retos de nuestro tiempo. No basta con tener docentes excelentes si la escuela no les ofrece condiciones para trabajar juntos. No basta con hablar de innovación si la organización escolar sigue atrapada en inercias que dificultan el cambio. No basta con incorporar tecnologías si no sabemos para qué horizonte humano, ético y pedagógico las ponemos en juego.

La escuela necesita ser una comunidad que se apoya para lograr sus objetivos. Una comunidad que se pregunta, que se cuida, que aprende, que comparte, que se equivoca, que vuelve a intentarlo y que no deja solo a nadie en el camino. Ni al alumnado. Ni al profesorado. Ni a las familias. Ni a los equipos directivos.

Porque educar no es una tarea individual, aunque muchas veces se viva en soledad. Educar es una responsabilidad compartida. Y la mejora de la escuela no depende únicamente del entusiasmo personal de algunos docentes, sino de la capacidad de la institución para convertir ese entusiasmo en proyecto, en cultura y en horizonte común.

La escuela que soñamos no se improvisa. Se construye desde la organización, desde el funcionamiento cotidiano, desde las pequeñas decisiones que hacen posible convivir mejor, enseñar mejor y aprender mejor. Se construye cuando la vida escolar crea las condiciones necesarias para que todos podamos convivir, crecer y aprender en comunión.

Ese fue, para mí, el gran regalo del encuentro en Sevilla: volver a comprobar que no estamos solos. Que hay muchas personas pensando, creando, investigando, compartiendo y abriendo caminos. Que la escuela que necesitamos no es una utopía ingenua, sino una tarea colectiva, exigente y profundamente humana.

Y quizá por eso seguimos. Porque aún creemos que la escuela puede ser ese lugar donde la infancia y la juventud no solo aprenden contenidos, sino que descubren quiénes son, qué pueden aportar al mundo y cómo construir proyectos de vida dignos de ser vividos.

Gracias al CEU. Gracias a la Universidad CEU Fernando III. Gracias a Pere Marqués. Gracias a todas las personas que hicieron posible este encuentro.

Seguimos caminando. Con lucidez, con esperanza y con la convicción de que la escuela que soñamos solo será posible si la construimos juntos.

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