En educación, al igual que en la vida, hay silencios que pesan más que muchas palabras. Miradas que dudan, gestos que minimizan, expectativas bajas que se cuelan sin permiso. Y, poco a poco, si no estamos atentos, terminamos midiéndonos con esa vara.
Pero no podemos permitirlo.
Porque nuestro valor profesional no lo define quien no cree en lo que hacemos, ni quien observa desde fuera sin comprender la complejidad de una escuela viva. Nuestro valor está en cada decisión consciente, en cada intento, en cada alumno al que no renunciamos.
Como decía Paulo Freire, “nadie ignora todo, nadie sabe todo”. Y en esa idea hay una verdad poderosa: todos estamos en proceso, también como docentes.
Quizá hoy no tengamos todas las respuestas.
Pero tenemos algo más importante: compromiso, capacidad de aprender y la posibilidad real de mejorar lo que está en nuestras manos.
Y eso —aunque algunos no lo vean— tiene un valor enorme.
Por eso, no tomemos en consideración aquello que no se dice, pero se nota, y sigamos el rumbo que marca nuestra pasión, sin perder ni un segundo.
Gracias a todos los que compartimos la pasión de mejorar la vida de los niños.
https://orcid.org/0000-0001-8035-0091





