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martes, 8 de julio de 2025

Publicación del libro: "De la escuela que venimos a la que soñamos". El crisol de las emociones de un aprendiz de maestro.


 "¡Ya llegó el momento! Con mucha ilusión y esperanza, comparto con todas las amigas y amigos que me seguís por aquí una obra que nace del corazón y del compromiso con una educación más humana y esperanzadora."

Link universal: 
De la escuela que venimos a la que soñamos. El crisol de las emociones de un aprendiz de maestro.

Parte I

Parte II



Si al leer el libro encuentras que te ayuda a reflexionar sobre la importancia de que las personas encontremos sentido a nuestras vidas y te brinda ideas para soñar con una educación mejor, te pido un pequeño favor, pero de enorme valor: deja tu comentario y/o valoración en Amazon, en la misma página donde se adquiere el libro, deslizando hacia abajo.


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En un mar de publicaciones, una reseña sincera es un faro que guía a nuevos lectores. Tu perspectiva podría ser el detonante para que otras personas se animen a explorar estas ideas, a encontrar apoyo y a unirse a esta conversación tan necesaria sobre el futuro de la educación que todos soñamos.


Muchas gracias por tu interés.

domingo, 24 de julio de 2016

La participación escolar de la comunidad educativa en Latinoamérica.


La escuela, como espacio de formación y socialización, ha evolucionado, aunque siempre dos pasos atrás de lo que sucede en otros ámbitos sociales, para pasar de ser un lugar cerrado, separado de la sociedad por un grueso muro, que impedía cualquier influencia externa para conservar el ambiente de aprendizaje académico, libre de contaminaciones externas que pudieran interferir en el conocimiento que allí se impartía y donde los únicos responsables de la enseñanza eran los docentes, para transformarse, con el tiempo, de esa visión casi monástica, en una organización abierta a la sociedad, que permite la participación de la familia y de otros agentes sociales para aprovechar y llevar mensajes de interés social. Tal fue la evolución en este sentido, que actualmente, existe la queja, pensamos que bien fundamentada, de que todos los problemas que la sociedad presenta, se quieren solucionar integrando nuevas enseñanzas y programas para ser impartidos en la escuela, no porque allí no deban sentarse las bases de la formación de ciudadanos éticos y comprometidos, sino por la forma en la que se imponen, solapando actuaciones, sin una visión coherente y congruente con los objetivos y planteamientos educativos de cada institución, sin estar bien articulados e integrados de acuerdo los principios didácticos y de racionalidad, para que puedan ser aplicados por los docentes a cada contexto.

Ese giro en la forma de entender la escuela, además, se vió reforzado por las investigaciones que desde la década de los años 80 del siglo pasado,  vienen relacionando el éxito académico con la participación de la comunidad, especialmente las familias, en su acompañamiento y su intervención en el proceso educativo de sus hijos.

Pero, es necesario señalar, que el concepto de participación de la comunidad escolar no es igualmente entendido por todos. Es un término confuso. Bien entendida la participación democrática debe asociarse con el poder de tomar decisiones, pues de lo contrario sería una manera de falsear su esencia y de aparentar algo que no tendría sentido. Es decir, participar significa tener poder de decisión y asumir responsabilidades, y no solo de opinar sobre asuntos como la educación que se imparte en las instituciones educativas, que es competencia tanto de docentes como de familias, y de la sociedad en general. Además para que exista una verdadera comunidad, debemos haber acordado unos intereses y objetivos comunes y compartidos que guíen el trabajo institucional, pues no es infrecuente que los intereses de las familias sean distintos de los que se practican en la escuela.

Pero para conocer un poco mejor el fenómeno de la participación  de las familias en la escuela en general, y más particularmente en América Latina, sería necesario conocer y analizar la evolución de la configuración de las familias, es decir el número de hijos que se tienen, los roles que tradicionalmente se ha asignado a niños y niñas, los niveles de pobreza y la necesidad sentida por los progenitores de que, por ejemplo, los hijos trabajen a temprana edad, cuando no se gana lo suficiente, que las niñas cuiden de hermanos más pequeños, la extensa jornada laboral de los padres, 10, 12 horas incluso más, que les obligan a ausentarse del hogar para poder acompañar a sus hijos en los procesos de socialización primaria y aprendizajes básicos, las expectativas e importancia que se le otorga a la educación en las familias más desfavorecidas, como medio de salir y romper el círculo vicioso de a más pobreza, menos educación y a menos educación menos posibilidades de alcanzar una vida digna y muchas más de que se perpetúe la violencia, como expresión de necesidades vitales o simplemente creadas por falta de saber encontrar sentido a la vida, más allá de lo material, lo cual se traduce en que la vida no vale casi nada. Pues no debemos olvidar que Latinoamérica es la región más desigual del planeta, según la ONU desde los años 70, donde el 20% de la población más rica tiene en promedio unos ingresos per cápita casi 20 veces superior al ingreso del 20% más pobre. Y sus cifras sobre violencia de género y doméstica e incumplimiento de los derechos humanos son escalofriantes. Sin olvidar todos los procesos migratorios que se dan en el Centro y sur de América, tanto internos como entre países. Como ejemplo, Colombia, que como consecuencia de la guerra que sufre por más de 50 años entre el ejército, la guerrilla, los paramilitares, según el Consejo Noruego para los refugiados, en un informe presentado en Ginebra, mayo de 2016, junto a la Agencia de la Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), indica que 5,7 millones de personas están desplazadas, es decir el 12% de la población ha dejado sus hogares por la violencia. Cifras solo superadas en el mundo por Siria como consecuencia del conflicto armada que vive en los últimos años.

Por tanto, habría que hacerse, y responderse, demasiadas preguntas para encontrar una respuesta comprensible sobre la situación social que subyace en estos países y que condicionan la vida de las familias y la participación en las escuelas en esta parte del mundo, tales como ¿en qué debe consistir la participación de las familias para mejorar los aprendizajes en la escuela? ¿Qué beneficios proporciona la participación de las familias a la escuela? ¿Qué obstáculos existen para la participación real y efectiva? ¿Cómo podríamos hacer para favorecer la participación? Cuestiones que dejamos para la reflexión por no ser este el espacio adecuado para responder y profundizar en todas ellas.

Fundamentalmente podemos decir que existen dos concepciones sobre participación que se han venido afianzando y que hoy creemos que se corresponden con lo que sería la participación formal de la comunidad en la escuela y la que consideramos como participación real. La primera sería aquella participación orgánica y legal que se recoge de manera general en la normativa reguladora de la educación, y que en el caso de Latinoamérica tiene una amplia repercusión, especialmente en las constituciones y leyes de las últimas décadas.


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sábado, 27 de junio de 2015

Acoso, bullying, matoneo… ¿Cómo lo combatimos?

Es esta una cuestión que no está exenta de controversia por la forma en la que se  afronta en los estudios lo que realmente sucede. Pues no siempre parece que se ha estudiado del modo más adecuado. Así, se publicó en España en el año 2006, por Fernández Enguita un interesante documento “Vivir de la alarma social”, en el cual sacaba a la luz y analizaba los planteamientos y contenidos, entre otros, de los llamados informes Cisneros. En concreto iniciaba aquel trabajo diciendo que:

«Primero fue el queme (burnout), ahora son el acoso, el matonismo (mobbing, bullying) y la violencia escolar en general y, mañana, quién sabe. Siempre me ha costado trabajo tomarme en serio la alarma social fabricada en torno a estas enfermedades imaginarias, reales en un número no desdeñable de casos pero inverosímiles cuando se usan como banderas corporativistas por quienes necesitan argumentos tremendistas en los que envolver  intereses y pretensiones difíciles de presentar o simplemente impresentables. Pero es mi error: las creencias más disparatadas pueden llegar a verse razonables cuando favorecen los intereses propios».
Pero más allá de la búsqueda de la alarma social para lograr intereses particulares  que siempre contarán con todo nuestro desprecio para quienes buscan beneficios egoístas con asuntos tan delicados como este, parece evidente que este es un asunto que, a día de hoy, es, cuando menos, preocupante. Pues se trata de un problema mundial, tal y como lo pone de manifiesto el  Informe del experto independiente para el estudio de la violencia contra los niños, de las Naciones Unidas del año 2006.
En este sentido, El Tiempo, 22 de mayo de 2013 (Colombia), decía que «Según el último estudio en Derechos de la Niñez de la ONG Plan Internacional, América Latina es la región del mundo con mayor promedio de casos de acoso escolar, una práctica que hunde sus raíces en la violencia y la desigualdad, y dificulta el aprendizaje de niños para superar la pobreza». Continúa esta información diciendo que «En el caso colombiano, en el más reciente estudio de evaluación sobre el Bullying, donde se tuvo en cuenta la respuesta de cerca de 55.000 estudiantes de 589 municipios del país en las Pruebas Saber de los grados quinto y noveno, se encontró que el 30% de los estudiantes de 5° y el 15% de 9°, manifestaban haber sufrido algún tipo de agresión física o verbal por parte de un compañero».
Por su parte, la Asociación SOS Bullying de Colombia inicia su información, en su página web, sobre este asunto, exponiendo una definición descriptiva que parece muy pertinente recoger aquí y que dice: «Llámese bullying, hostigamiento, matoneo o cualquier otro nombre según la región o país, los efectos y consecuencias son las mismas. El bullying no tiene género, raza, idioma o estatus; siempre ha existido, sólo que a partir de la década del setenta del siglo pasado a consecuencias del suicidio de tres niños entre 10 y 13 años en Noruega, el gobierno prendió «las alarmas» y se comenzó a investigar científicamente. El primer investigador de esta situación fue el Noruego Dan Olweus, quien definió el bullying como: “La victimización o maltrato por abuso entre iguales es una conducta de persecución física y/o psicológica que realiza el alumno o alumna contra otro, al que elige como víctima de repetidos ataques. Esta acción, negativa e intencionada, sitúa a la víctima en posiciones de las que difícilmente puede salir por sus propios medios. La continuidad de estas relaciones provoca en las víctimas efectos claramente negativos: descenso en su autoestima, estado de ansiedad e incluso cuadros depresivos, lo que dificulta su integración en el medio escolar y el desarrollo normal de los aprendizajes”».
Por otro lado, el 12 de noviembre de 2013, el periódico el Espectador (Colombia) publicaba otra noticia titulada «Tres de cada cinco víctimas de bullying en Colombia piensan en suicidio», e informaba de que «En una encuesta realizada en las principales ciudades de Colombia, la fundación Friends United Foundation y su departamento de Analistas en Violencia Juvenil y Delitos Contra Menores de Edad, arrojaron reveladoras cifras que evidencian el aumento de casos de matoneo y violencia escolar en los colegios de Colombia».
Entre los datos revelados se evidenció que una de las clases más comunes de matoneo son a causa de la homofobia con un 30%, seguida de bullying racial (25%), barrista -es decir el ataque a una persona hincha del equipo contrario- (20%), rechazo o matoneo por alguna discapacidad con un 10% y el matoneo por aspecto físico con un 10%. El bullying por alguna otra condición diferente a las nombradas ocupó un 5% en la encuesta.
Así pues, parece claro que este fenómeno se extiende por todos los países y que obedece a los mismos principios, patrones y conductas humanas, sin diferenciar culturas ni países, aunque aspectos como la pobreza, la violencia, el desempleo y la enorme brecha social que existe en países como Colombia, son un caldo de cultivo propicio para que las cifras sean aún más elevadas. Por no dar citas concretas y detalles de lo que ocurre con frecuencia y que los medios de comunicación recogen a diario en sus informativos por estas latitudes.
Ante esta situación, Colombia aprobó la ley 1620 de 15 de marzo de 2013, por la cual se crea el sistema nacional de convivencia escolar y formación para el ejercicio de los derechos humanos, la educación para la sexualidad y la prevención y mitigación de la violencia escolar. Y no es de extrañar esta medida si tenemos en cuenta, no solo el acoso y el ciberacoso, sino también las altas tasas de embarazos en adolescentes de menos de 20 años incluso, las cifras en menores de 15 años, son realmente preocupantes y pueden tener, entre otras, influencia en la atención y educación de los hijos con padres adolescentes. Por no citar el alto nivel de violencia general y la falta de derechos humanos en la que viven los más pequeños, consecuencia de múltiples factores, que son una escuela para el aprendizaje de conductas violentas que arrastran mucho más de lo que lo hacen las mejores palabras que sepamos decirles a los niños.
Por tanto parece que estamos ante una situación seria que debe ser afrontada no solo por la escuela, sino también por todos los sectores de la sociedad y por la familia. Pero quizás en el ámbito de América Latina, especialmente en los países y sectores más desfavorecidos, la situación tiene aún peores consecuencia por las razones ya expuestas.
En consecuencia, la cuestión que nos deberíamos plantear sería: ¿qué podemos hacer con este problema desde las instituciones educativas? La respuesta como sabemos no es sencilla, aunque sí existen prácticas que ponen de manifiesto buenos resultados. Y también sabemos que hay medidas que no contribuyen precisamente a solucionar el problema, entre otras, podríamos citar medidas como la creación de escuelas de grandes dimensiones, megaescuelas, con un gran número de alumnos, con el fin de dotarlas de más servicios e instalaciones, hecho que se da con frecuencia aquí en Colombia. Pues es bien conocido que en una institución educativa con un gran número de alumnos resulta difícil conocerse entre el alumnado y el profesorado, por lo que el anonimato es mayor y un factor que da pie a pensar que es más fácil pasar inadvertido y, en consecuencia, invita a actuar con más impunidad que en una institución pequeña donde todos se conocen y el control resulta mucho más fácil.
Por todo ello, podríamos concluir diciendo que debemos trabajar para lograr instituciones educativas con una convivencia que vaya mucho más allá de tener en el papel un buen plan de convivencia o que en el país exista una buena ley, aunque podrían ser necesarias y ayudar, sin embargo creemos que no son suficiente. Lo verdaderamente importante es que se trabaje en colaboración con las familias, en una convivencia en positivo que garantice los derechos de todos y procure el desarrollo de valores y de un ambiente de aprendizaje,  de seguridad y de confianza, que nos acoja a todos, esta será probablemente la mejor respuesta al problema. Pero para conseguirlo será necesario crear los cauces de participación y presencia, en las instituciones educativas, no solo de la familia, sino también de otros actores sociales, creando sinergias y basando nuestra intervención en el diálogo igualitario, para construir normas de convivencia con la participación de la comunidad y que, por tanto, sean conocidas y compartidas, no impuestas. En este sentido en Comunidades de Aprendizaje se hace una propuesta realmente práctica basada en el Modelo dialógico de prevención y resolución de conflictos.
Además, tenemos medios y recursos abundantes para trabajar en esta realidad, entre otras, podría resultar interesante y útil una lectura reflexiva del informe de 2014 de Save the Children sobre Acoso escolar y ciberacoso: propuestas para la acción, que sugiere y aporta elementos de alto interés teórico y práctico. También, entre otros muchos medios, donde se puede encontrar material interesante y útil está la revista CONVIVES.

Licencia de Creative Commons
Acoso, bullying, matoneo… ¿Cómo lo combatimos? by Pedro Navareño Pinadero is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en http://reflexioneseducativa.blogspot.com.co/2015/06/acoso-bullying-matoneo-como-lo.html.

lunes, 4 de mayo de 2015

Relación escuela familia. Cómo sumar y no restar.


He tenido la oportunidad de hablar a padres y madres de familia sobre esta importante cuestión tanto en España como aquí en Colombia, donde me encuentro temporalmente.

Más de lo que yo haya podido compartir o las familias hayan podido aprender de mis presentaciones, seguro que ha sido al revés y habré sido yo el que más he aprendido de ellos; pero desde luego lo que me ha quedado claro es que las necesidades básicas de los niños y la colaboración de la familia con la escuela, o mejor decir, la participación activa de la comunidad educativa, es un asunto vital para el éxito escolar y es común a cualquier contexto.

Hace unos días fue la última vez que compartimos con la ASOCIACIÓN DE PADRES Y MADRES de la Institución Educativa Académico de Buga (Colombia), invitado por su presidente Fredy Hernán Bocanegra, hombre verdaderamente entusiasmado en colaborar con la escuela, con el fin de mejorar los resultados de los estudiantes todo lo que esté en su mano. Y al cual le agradecemos por la oportunidad y por su actitud y preocupación por colaborar con la escuela.

Como en otras ocasiones, el esquema que me gusta desarrollar al hablar de este importante asunto es el que exponemos a continuación.

En un primer momento, me gusta dedicar un tiempo a reflexionar sobre el mundo en el que vivimos. Señalando los grandes y profundos cambios y muchas de las cuestiones que afectan a nuestras vidas, nuestras economías, la gran proliferación y publicación de información, los cambios en las instituciones sociales tales como la familia, la escuela, los medios de comunicación, etc. y que no son perceptibles a simple vista. Suelo extenderme un poco más en aquello que afecta a los cambios en las formas de aprender y las necesidades formativas que tendrán los estudiantes que hoy tenemos en nuestros salones de clase. Información que muchos padres de familia agradecen, pues  entienden, que es importante reflexionar sobre ello. Pero siempre suelen pedir en este apartado que también los docentes reflexionen y enseñen de acuerdo a los nuevos tiempos y circunstancias.

Finalizamos este primer punto aportando algunas de las conclusiones más importantes que contiene el documento “Actuaciones de éxito en las escuelas europeas” que recoge algunas conclusiones del proyecto INCLUD-ED, el cual analiza qué estrategias educativas contribuyen a superar las desigualdades y a fomentar la cohesión social y cuáles generan exclusión social, prestando especial atención a grupos vulnerables o desfavorecidos. Destacando, no sólo las conclusiones en relación con la participación de los padres, en concreto los cinco modelos o niveles de participación familiar que se exponen y sus efectos para el aprendizaje de los estudiantes, sino también en relación con los efectos positivos que generan los agrupamientos heterogéneos del alumnado y sus consecuencias en el rendimiento académico.

Dedicamos un segundo apartado a “cómo sumar y no restar”, a concretar una serie de acciones que son de gran importancia para la colaboración entre familia y escuela. Centrando el primer subapartado en cómo pueden los padres colaborar con la escuela del modo más positivo posible, hecho que tiene importantes repercusiones en el rendimiento académico, pero no sólo eso, también en los niveles de satisfacción del profesorado y en la disminución sustantiva del número de disrupciones en las aulas y los problemas de convivencia en general.

El segundo subapartado lo dedicamos a señalar lo que “no deben” hacer los padres para educar a sus hijos. Se trata de un decálogo de orientaciones para padres extraídas de  las conclusiones que hace años extrajo la policía del estado de Seattle, después de analizar las causas que habían llevado a un gran número de adolescentes a delinquir a temprana edad. Ellos encontraron una serie de circunstancias y constantes educativas que se habían dado en todos los jóvenes delincuentes y se las ofrecemos a los padres para que sepan las consecuencias que tienen cuando están presentes en la educación de los hijos.

El último subapartado de este segundo epígrafe lo dedicamos a cómo deben educar los padres a sus hijos para lograr hacer de ellos personas responsables y autónomas. Teniendo presente que atender a la construcción de una adecuada autoestima, autoimagen y autoconcepto positivo es de vital importancia y utilidad para su futuro como personas, ciudadanos y trabajadores.

El tercer apartado y quizás uno de los más importantes es el dedicado al coloquio. Es justamente aquí cuando los padres toman la palabra y manifiestan sus inquietudes. Lo más frecuente es que con su sentido de la realidad pregunten por cuestiones realmente importantes y el debate sea más rico y útil que el propio contenido de la presentación.

En el sencillo documento que hemos puesto a disposición de los padres, además de recoger lo básico de lo que hemos expuesto más arriba, incluimos una serie de normas en las que se recoge los derechos y deberes tanto de los padres y madres como de los estudiantes, para participar en las instituciones educativas.

De todas estas intervenciones podemos decir, como resumen, que salimos aprendiendo cuestiones tan importantes como que la gran mayoría de los padres de familia, cuando son bien informados y orientados,  además de percibir una actitud abierta y sincera por parte de los docentes, ponen de manifiesto que tienen la mejor disposición para colaborar con la escuela, que la educación de sus hijos es muy importante para ellos, que todos tienen los mejores sueños para que sus hijos vivan mejor que ellos y que, en consecuencia, se puede contar con su colaboración. Pero a veces creemos que ellos saben y conocen cómo deben actuar y educar a sus hijos, y aunque en la vida nos enseñaron muchos cosas, casi nunca nos dieron la formación necesaria para ser buenos padres.

En conclusión, consideramos que sólo el diálogo igualitario y de respeto entre la familia y la escuela podrá sentar las bases para una verdadera colaboración y un entendimiento positivo que permita mejorar los resultados académicos de los estudiantes. Para ello, deben establecerse cauces de participación y espacios que propicien la presencia activa de la comunidad en todos los ámbitos de decisión de las instituciones educativas.


Para más información ponerse en contacto con: pnavareno@gmail.com