Cuando la tecnología se pone al servicio de la mirada pedagógica, del cuidado y del cómo aprendemos.
Sentarse en la butaca del Paraninfo de la Universidad de Castilla-La Mancha, en Albacete, rodeado de 500 profesionales de la educación procedentes de toda España, es un regalo para quien, tras más de cincuenta años dedicados a la educación, sigue sintiéndose un aprendiz de maestro. Durante el jueves 5 y la mañana del viernes 6 de noviembre, he asistido al Congreso Nacional de Digitalización Educativa: «El futuro se enseña hoy», organizado por el INTEF y la Consejería de Educación de Castilla-La Mancha. Y lo he hecho intentando practicar aquello que la ciencia cognitiva nos recuerda a diario: poner toda la atención en lo que escuchamos, porque sabemos bien que lo que no logra entrar en nuestra memoria de trabajo jamás llega a aprenderse.
Mi primera impresión personal es de gratitud y reconocimiento hacia la organización. El congreso ha tenido una extraordinaria altura de miras. En encuentros de esta envergadura no siempre es fácil lograr que cada ponencia tenga sentido propio y, a la vez, encaje como una pieza de orfebrería con la siguiente. Aquí se consiguió con creces: cada interviniente abordó una temática pertinente y complementaria, permitiéndome aprender cosas nuevas y, al mismo tiempo, confirmar mucho de lo que el estudio diario me viene aportando en esta etapa de mi vida.
Del despliegue tecnológico al propósito educativo.
Como sintetizó magníficamente en la clausura Mónica Domínguez García, Directora General de Evaluación y Cooperación Territorial del Ministerio, el programa nos llevó de la mano por un viaje muy bien trazado (ver sesión del jueves y sesión del viernes).
Tras las palabras inaugurales de la ministra Milagros Tolón y de la viceconsejera Mar Torrecilla, Julio Albalad abrió el telón haciendo balance de los cinco años del Plan de Digitalización (2021-2026): más de 240.000 aulas dotadas y más del 80 % del profesorado acreditado. Pero lo más valioso fue su advertencia a través del famoso experimento del «gorila invisible»: el riesgo de ceguera por desatención si miramos los dispositivos y olvidamos el foco, que son nuestros alumnos. En esa misma línea de rigor institucional, Miguel Vila nos presentó la actualización de la Guía sobre el uso de la IA en educación del INTEF, estructurada con gran acierto en aprender y enseñar sobre, para y con la inteligencia artificial, mientras que el viernes Cristina Valdera (CEDEC) nos contagió su entusiasmo recordándonos que la soberanía digital y la calidad pedagógica ya tienen casa propia en los Recursos Educativos Abiertos (REA) y en la renovada herramienta eXeLearning, que permite crear, adaptar y compartir en comunidad.
Contra los «pueblos Potemkin»: la alegría de pensar y de crear.
El corazón reflexivo del congreso latió con fuerza al abordar las luces y sombras de la inteligencia artificial. Jorge Calvo nos dejó una metáfora visual inolvidable: los «pueblos Potemkin», esas fachadas deslumbrantes pero huecas que se levantaban en Crimea para engañar a la emperatriz Catalina II. Cuando el alumnado delega su esfuerzo en la IA sin base previa, cae en la descarga cognitiva y en la ilusión de comprensión: grandes fachadas de productividad inmediata donde, al abrir la puerta del aprendizaje real, no hay nadie dentro.
Recogiendo ese guante, Carlos Magro nos regaló una reflexión de hondo calado humanista. Educar no es acumular respuestas rápidas, sino habitar el tiempo que media entre la pregunta y la respuesta; es sostener las costuras, la fricción y el umbral. La escuela es un lugar que cuida y que debe provocar el deseo y «la alegría de pensar» a través de esas dificultades deseables que nos hacen crecer junto a los otros.
Esa llamada a la agencia humana se completó el viernes con Jesús Moreno León, quien comparó el consumo acrítico de herramientas comerciales con un menú escolar de ultraprocesados frente a la «cocina fresca» del pensamiento computacional: no basta con que el alumnado consuma tecnología opaca; debe aprender a construirla para comprender cómo funciona.
Y César Poyatos, en un precioso recorrido por los personajes de El Mago de Oz (el sentido común del Espantapájaros, la empatía irremplazable del Hombre de Hojalata, el coraje ético del León y el aprendizaje social de Dorothy), nos invitó a distinguir cuándo vamos en piloto automático y cuándo activamos el pensamiento reflexivo para que la IA piense con nosotros y nunca por nosotros.
Cuando la tecnología humaniza, protege y da voz.
La tarde del jueves se trasladó a la práctica con cinco talleres simultáneos que, por lo que pude compartir con otros compañeros en los pasillos, tuvieron una acogida excelente por la altísima calidad de sus contenidos. Personalmente, tuve la suerte de asistir a dos de ellos: «Cuando comunicarse depende de la tecnología» y «Tech necesito». Ambos me recordaron la cara más noble de la digitalización: aquella que derriba barreras y devuelve la voz y la autonomía a quienes más lo necesitan.
Ese mismo espíritu de cuidado impregnó la intervención de Iciar Castro (INCIBE), con dinámicas directas para proteger a los menores ante los riesgos reales de la red, y la mesa redonda autonómica con Juan José Mejías (Aragón), Nieves García Morán (Asturias) y Juan Carlos Palomino (Castilla-La Mancha), donde se abordó sin tapujos la necesidad de desconexión digital, la reducción de la burocracia y el papel de los adultos —docentes y familias— como modelos de bienestar. El broche de oro lo pusieron tres estudiantes de 2.º de Bachillerato del IES Andrés de Vandelvira (Lucía, Luis y Sergio), coordinados por su profesor Bernardo García Lozano, realizando en directo un programa de radio escolar con un aplomo, una mirada crítica y una frescura que dieron sentido a todo el congreso.
Una humilde reflexión personal: el eslabón de «cómo aprendemos»
Al volver a casa con la mochila llena, solo me queda compartir una humilde apreciación personal. Siendo totalmente comprensible por la amplitud del programa y el enfoque del encuentro, eché en falta haber entrado un poquito más a fondo en cómo aprendemos.
A lo largo de las dos jornadas, todos los ponentes coincidieron reiteradamente en una verdad fundamental: las tecnologías no son el fin, sino el medio para mejorar el aprendizaje del alumnado. Se habló con tino de descarga cognitiva, de atención y de los Sistemas 1 y 2 de Daniel Kahneman. Precisamente por ello —y quizá llevado por las reflexiones y lecturas en las que vengo trabajando últimamente sobre neuroeducación—, pienso que comprender cómo funciona nuestro cerebro para aprender es nuestra mejor brújula para actuar con prudencia y adecuadamente ante cualquier fiebre tecnológica.
El aprendizaje verdadero exige captar la atención para abrir la puerta de la memoria de trabajo (tan limitada y fácil de saturar entre pantallas), y requiere de ese esfuerzo cognitivo, de la emoción, de la conexión con los conocimientos previos y de la práctica evocadora para consolidarse en la memoria a largo plazo. Ningún algoritmo puede hacer por el alumno el viaje biológico y emocional de construir sus propias redes neuronales. Conocer cómo funciona ese proceso por dentro es lo que nos da a los docentes el criterio soberano para decidir cuándo una herramienta digital actúa como un andamio que impulsa la mente y cuándo se convierte en una muleta que la atrofia.
Me quedo con la certeza de que la innovación educativa seguirá teniendo siempre rostro, voz y corazón de maestro. Para quienes deseen revivir las ponencias o consultar los materiales, todos los recursos y grabaciones están (o estarán) disponibles en la web oficial del congreso: https://cndigitalizacion.intef.es/.
Gracias a Jesús Román Escudero Cruz, por la excelente conducción del congreso y con tanta diligencia.
https://orcid.org/0000-0001-8035-0091


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