Hay algo profundamente incómodo que no queremos aceptar:
La educación no está en crisis por falta de ideas.
Está en crisis por falta de acuerdos y de compromiso real.
Llevamos años escuchando diagnósticos rápidos, titulares que simplifican lo complejo, soluciones que caben en un tuit. Pero educar nunca fue sencillo… y hoy, menos que nunca.
Ya lo defendía John Dewey: la educación no es preparación para la vida, es la vida misma. Y la vida —la de hoy— es diversa, incierta, exigente. No se puede reducir a eslóganes.
Paulo Freire nos recordó que educar es un acto profundamente humano y transformador. No neutro. No automático. Exige conciencia, diálogo y responsabilidad compartida.
Y Célestin Freinet nos enseñó algo que sigue siendo radicalmente actual: la escuela solo tiene sentido si conecta con la realidad, si se construye con otros, si es vida y no simulacro.
Entonces, ¿qué nos falta?
Nos falta dejar de buscar culpables y empezar a construir alianzas.
Administraciones que confíen de verdad en sus docentes, que generen condiciones estables y dejen de legislar desde la urgencia o la apariencia.
Profesionales que asuman que educar hoy no admite la inercia: requiere implicación, reflexión, trabajo compartido y una voluntad firme de mejora continua.
Porque no, la educación no se va a arreglar con más ruido.
Se va a sostener —y a transformar— con más conciencia, más comunidad y más compromiso.
Y quizá, como se plantea en “De la escuela que venimos a la que soñamos”, el verdadero cambio no empieza en las leyes ni en los discursos, sino en cada docente que decide dejar de mirar lo que falta… para empezar a construir, con lo que tiene, la escuela que sueña.
Ahí empieza todo.
https://orcid.org/0000-0001-8035-0091
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