sábado, 28 de marzo de 2026

La escuela necesita conciencia y compromiso.

 

Hay algo profundamente incómodo que no queremos aceptar:

La educación no está en crisis por falta de ideas.
Está en crisis por falta de acuerdos y de compromiso real.

Llevamos años escuchando diagnósticos rápidos, titulares que simplifican lo complejo, soluciones que caben en un tuit. Pero educar nunca fue sencillo… y hoy, menos que nunca.

Ya lo defendía John Dewey: la educación no es preparación para la vida, es la vida misma. Y la vida —la de hoy— es diversa, incierta, exigente. No se puede reducir a eslóganes.

Paulo Freire nos recordó que educar es un acto profundamente humano y transformador. No neutro. No automático. Exige conciencia, diálogo y responsabilidad compartida.

Y Célestin Freinet nos enseñó algo que sigue siendo radicalmente actual: la escuela solo tiene sentido si conecta con la realidad, si se construye con otros, si es vida y no simulacro.

Entonces, ¿qué nos falta?

Nos falta dejar de buscar culpables y empezar a construir alianzas.

Administraciones que confíen de verdad en sus docentes, que generen condiciones estables y dejen de legislar desde la urgencia o la apariencia.

Profesionales que asuman que educar hoy no admite la inercia: requiere implicación, reflexión, trabajo compartido y una voluntad firme de mejora continua.

Porque no, la educación no se va a arreglar con más ruido.
Se va a sostener —y a transformar— con más conciencia, más comunidad y más compromiso.

Y quizá, como se plantea en “De la escuela que venimos a la que soñamos”, el verdadero cambio no empieza en las leyes ni en los discursos, sino en cada docente que decide dejar de mirar lo que falta… para empezar a construir, con lo que tiene, la escuela que sueña.

Ahí empieza todo.

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